El cielo firme
EL CIELO FIRME
Publicado por FE Ediciones, Paraná, abril de 1985,
con una tirada de 1000 ejemplares.
Tapa y tres ilustraciones interiores realizadas por Jorge Petersen.
JUAN MANUEL ALFARO
EL CIELO FIRME
A Magali.
A mis hijos Aparicio y Cecilia.
A todos los míos.
A la memoria del poeta Marcelino M.Román.
En primera persona
En primera persona
Nací en primera persona.
Me dieron alba y nombre.
Tengo apellido humano
y venas pacientes,
venas atardecidas.
He subido mis huesos entre las flores del mundo
y resistí las destrucciones
con piernas de cenizas.
He pisado en el fin
y recuerdo de mis sueños
alguna nube,
una manzana.
Tuvo su luna el amor. Tuvo su arena.
Y el pie fue nítido en el polvo y en el cielo.
Soy una parte clara de mi padre,
el barro florecido,
y a pesar de eso,
de todo eso,
es ave ínfima
lo que canta mi corazón.
Sobre la tierra
Arrojado de la luz sobre la tierra,
he obedecido las albas y las lunas.
Me han dado labios
para llamarme
y nombrarme entre la selva,
y me ha azotado y celebrado la palabra.
El hueso aquí
y el corazón migrante.
Tengo un puñado mío
y una mano al viento.
Pasos
Forcejeando,
llameando,
surgente de tus goznes
vine a cumplir los trabajos de tu corazón.
Y potrillo,
asterisco,
salté entre mis hermanos,
subí a los días como a árboles,
reconocí los nombres
y me llamé en el mundo.
Pero una noche me escondí en mis pasos
y al querer tornarlos
estaba tan lejos.
La rama coronada
“¡Oh aguja de mis días
desgarrados! Se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado...”
César Vallejo
El vuelo
Yo era ese barro sin imagen,
barro suspenso.
Era una luz sin celebrar,
el aguardante,
la niñez del verbo.
Aún mi boca
no se abría a los nombres.
Yo no tenía sonido,
ni lugar,
ni movimiento.
Pero te echaste a volar de mi costilla
y entonces hubo tierra
y hubo cielo.
Los elegidos
De asemejarnos,
de pertenecernos,
de bienaventurarnos,
nos tornamos hijos,
nos conmovimos en hijos:
fulgor donde fue tierra y cielo,
cocimiento perdurable...
Oh, mi inmediata.
Eva.
Ya casi flor doméstica
Ya casi flor doméstica
armas todas las mañanas la casa.
Haces girar los hijos por la espuma
y mientras ronronea el cántico
de sus emplumaduras
le adviertes su paloma a cada mano.
Y te esparces,
te cumples,
te trasvasas,
te deslizas sin luz por los espejos
y confluyes en todas mis llegadas.
Y no desertas,
no caes,
no deshojas;
me das patria contigo
y hay razones con ángel en lo claro...
Mujer, a tu lado
nada mío se dará en ceniza
y nunca podrá ahumarse
el cielo
entre mis hombros.
Palabras de vivir
De vez en cuando me quedan,
amor,
unas palabras para ti.
Sin antojos de cántico.
Palabras pares, como debe ser.
Porque a dos soles,
a yunta
le vamos vivando la luz
a esta tierra entrada en niños.
Porque a dos pagas
adeltamos la mesa
y a cansancios iguales
entreabrimos el día,
siempre más grande que nosotros.
El día tan alto,
tan ancho,
tan día sobre la tierra.
Y de a dos,
amor,
los dos
nos remansamos,
nos arraigamos
hasta las transparencias.
De vez en cuando me quedan
unas palabras para ti.
Palabras como buena sombra.
Pechiabiertas.
Amarillas de padrear los girasoles.
Paralelas a las fresias
húmedas
de puro andar aguándose.
Palabras de vivir.
De vez en cuando, amor,
para el sobrevolarnos,
para el fondear los lloros,
para niñearnos.
Unas palabras a todo cuerpo.
Enteras
como árboles,
como el cocimiento de los hijos.
Aunque no sean necesarias,
porque ya nos hemos apareado el corazón
y nos desparramamos
y juntamos los pájaros
y porque, amor,
todo será cantado sobre nosotros,
todo el canto
será sacado de nosotros,
porque ya somos el barro florecido
y sólo el canto es nuestra forma de la tierra.
La rama coronada
Ala leal,
cuando te posas en la casa
yo me vuelvo la rama coronada.
Te vuelvo a elegir
Te vuelvo a elegir
cuando te veo, mi fresia extenuada,
tempraneando los hijos,
victoreando la casa,
corazonándome.
Acurrucada en el hoyuelo
de mis transparencias,
mi ferviente costado,
te vuelvo a elegir,
te hago constar en todas las corolas,
y aunque a veces eche mi red
sobre tu risa
o me entierre en mi pecho
y me siente a morir
de ala a ancla,
te vuelvo a elegir.
Te elijo a borbotones,
a pétalos,
a ríos.
Te elijo a bosques,
a campos,
a campanas,
para mi libertad,
para mi corazón,
para mi vida.
El cielo firme
El cielo firme
Cuando la voz toca la luz
y encontramos en el polvo
nuestro propio hueso
todavía dispuesto
para las cosas de la tierra.
Cuando es ave casi
el reflejo de la palabra
y estamos resueltos
a pisar toda la oscuridad
para llegar al cielo firme.
Cuando intuimos
que repetir la lumbre
no aplacará las sombras
hechas para preservar el corazón
en su frescura.
Cuando abandonamos la cacería de la eternidad
y somos día,
hora,
instante de hombre,
puede que estemos cercanos a la poesía.
Puede que alcemos un pájaro hacia Dios
y tenga respuesta.
El trino decisivo
He oído,
piedras arriba de ní,
el trino decisivo.
Como si el hueso
se cayera en pájaros
y el árbol se partiera en aires,
el niño que engalanaba mi corazón
ha vuelto con su flauta.
Siento que su voz
es buena
para el mundo de los hombres
y la derramo
como un agua de alegrías.
Me voy de libertades por los ojos.
Subo mi corazón niño por niño
y recojo, sustancia de dioses, los fuegos:
ayes del relámpago,
para entender que armar la estrella
es mi oficio humano.
El poeta
A Carlos Alberto Álvarez
El poema, esa válvula verbal,
esfera del lenguaje,
dejó una paloma
en mi prenumbra umbilical
y traté de llegar con barro digno
al fuego cocedor.
Me obstiné en albas,
despellejé la arena
y arrastré mi río por el mundo.
Fui la noche y el sueño del desierto.
Hinché la sed hasta romper la boca,
pero llegué a cantar.
Junté las inocentes sustancias
del cielo
y alcancé a ver la luz, estoy seguro.
Ahora no puedo descender
a la palabra.
Comprendí la poesía: ese alto silencio.
El ofreciente
Me suele arder este escribirme demasiado,
pero, repetición de sombras y de lumbres,
qué puedo hacer en las tinieblas de los huesos.
Savia del yo,
barro en hoguera
y creyente del estremecimiento
sonrío la palabra
y bajo en lágrimas mis extremidades.
Congrego las mañanas sobre el mundo.
Me encubro con mi sed
y me oscurezco
y arrastro una amujer por todo el arco iris.
Oh, mayor melodía de las venas.
Escala de la exaltación.
Mar de la médula.
Debo cumplir mi floración de fuego
bajo la sombra de la rama efímera
y a pesar de la infinita
turbación terrestre
estoy aquí
para servir el vino y el cordero.
El ala y la ceniza
“Herido estoy, miradme, necesito más vidas.”
Miguel Hernández
Elegía
A Omar
Tenía el sol feliz. Tuvo la sombra desdichada.
Su nombre llano
pasó de la mañana a la piedra,
lejos de los dís familiares,
de las mansas cosas con madre.
en la ciudad desvaída como un trapo.
No alcanzaron las brazadas
para salir del sueño.
No hubo tiempo de remozar el alba entre los hijos.
La amuerte pisó ancho. Fue osada la ceniza...
Ahora, sobre su pecho que tenía la vida,
sobre su carne que nos oyó y habló,
pende la tarde como un ahorcado
y como la tarde, nuestro corazón.
Elegía
A Marta
“...ese enternecimiento,
que casi nos desconcierta
cuando vemos caer una cosa feliz.”
Rainer María Rilke
Ignoro qué llanura
importaba en tus ojos,
qué roce diáfano te apartó la estela,
qué te atenuó lo terrestre y la sonrisa,
cómo pudo la luz mecer el resto del día.
Lo cierto es que el humo
fue más firme que el ave
y que en el aire
se derramó la ciudad.
Las abuelas
Las abuelas
habían venido
del otro lado del siglo
y andaban su costumbre de aire
por las galerías.
El viento les mecía las voces
y las desnublaban
las vehementes dalias...
Los batones simples
sintieron la curva
y un vaivén mansito
le entró a los sillones...
Depués hubo fresias en toda la csa
y gentes
y voces
y un viento muy lacio,
un viento de cielo.
Fue grande esa noche, muy grande.
Duró todo el día, supomgo,
porque yo no fui a la escuela,
no sé, y era martes.
La canción
“Todo hombre necesita
una canción intraducible”
Roberto Juarroz
Durante años
he tratado de recobrar
fragmentos,
esquirlas,
de algo que cantaba mi padre.
Algo usual, mínimo, templado.
Y aunque, a veces, se anuncia en mí,
disuelta como un silbo,
me doy cuenta de que esa canción
ya no está en el mundo.
Tantas veces el este
Tantas veces el este,
la rama,
el nombre de las cosas.
Tantas veces apagado hacia el cielo,
los brazos hundisos,
apocada la canción.
Tanto,
para sentarme
al fin,
aquí,
a esperar el trabajo
de tus ojos carpinteros.
Agua desalhajada
Ya no es el cielo en el lugar del aire,
la lluvia ahora
es un movimiento largo por la noche,
un acosante despellejamiento.
Oh, lluvia anchísima.
No eres las agasajante
que en mi infancia
escarceaba entre los tilos
y le limpiaba al día las palpitaciones.
Ahora te tuerces,
te desgranas,
te enredas,
crías la vigilia,
obturas el pájaro en la espalda de los niños,
friegas hasta el hueso las ojeras
y caes
desencantándonos el barro abierto
del costado izquierdo...
Oh, lluvia, renga lluvia.
Agua desalhajada.
Vuélvete y acaricia a Dios.
Echa a clarear otra paloma
y déjanos volver a enamorar la tierra.
Este lugar
“Nada de lo que tuve me espera en este pueblo”
Carlos Mastronardi
Ya sin el placer
que acaricia y reconoce
las albas familiares.
Sin la certidumbre
sencilla y hermosa
de la puerta merecida.
Sin el error o la verad del júbilo,
he vuelto a este lugar
donde creí la rama interminable
y he sentido el frío
que uno podría sentir si le dijeran:
-Esta mañana se fue el último pájaro.
Ya nada en ti
Ya nada en ti ilumina la paloma,
arraiga
ni señala.
Sólo mis huesos reclamantes
y algo de última canción
entre los huertos
buscan, en vano,
las cosas encendidas:
lo que resplandecimos
y arrojamos a las bandadas.
Tierra vacía
sobre la tierra.
Ya nada en ti ilumina la paloma.
Borges
Deseé llegar a la muerte con el corazón vivo
y la sed cristalina,
pero nada de ese sabor transparente me fue dado.
Todo fluyó sin fondo.
Ni siquiera alcancé a separarme de mi nombre.
Yo, el hijo núbil,
el desacariciado,
viví sin que nadie
pusiera en mi aire el labio,
mientras los hombres gozaban y sufrían
y azotaban la risa y el llanto contra el horizonte.
No recuerdo el fulgor de un árbol,
ni la pulida luz de una mujer,
ni cómo se cumplió el descarnamiento...
Ay, haber estado en la tierra
y no haber dejado, ni siquiera,
sobre el hueso una lágrima.
Epitafio
A Marcelino M. Román
Él era ala.
No dejó ceniza.
Cuatro sonetos
Padre
Sobre el sombrero, un cielo masculino,
y el campo: un ondular de aguas tranquilas.
Barro espinal alzado entre dos lilas
lo vi mirarse a mares en el lino.
Su silbo, pajarero y campesino,
le llevaba de vuelo las pupilas.
Palomar espantado era la esquila,
y fuego y sombra, su sangrarse en vino.
Nunca peleó. No lo afligió el cuchillo.
Tuvo coraje fiel, arder sencillo
y ojos de ver llover en los renuevos.
Y aunque empezó a apagarse, tiene brasas
para quemar en rosas nuestra csa
si se le antoja florecer de nuevo.
La casa
Alguna vez tan sólo fue una puerta
en una calle justa y retraída,
una puerta al pasar: madera incierta,
a despecho del árbol descendida.
Herrumbrado muñón: la aldaba muerta.
La llave desahogándose, caída.
Malvones desangrados en la abierta
placidez del zaguán: quietud vencida.
Le pensamos soleados pormenores:
un aljibe en el patio, algunas flores,
la charla familiar en la cocina.
Y hoy miramos llover por su ventana,
mientras se enfría el pan que esta mañana
horneó nuestra costumbre campesina.
Para Aparicio
Me invitas a jugar, y muchas veces
te digo que después, que estoy cansado.
Y me pongo a pensar en lo que creces:
tan chico el pantalón que aún no has gastado.
Y si no fuera porque me floreces,
hasta podría pensar que has empezado
a hacerme viejo, mientras resplandeces:
girasolito de mi buen costado.
Me invitas a jugar. Yo saco cuentas
del gas que hay que pagar, de amarillentas
promesas de pasear (si no hace frío).
Perdóname este padre sin asombro.
Mañana, te prometo, te echo al hombro
y nos vamos los dos a ver el río.
A cielo y cielo
Verdeante, invicto y con el pecho en cielo,
le daba a mi niñez lo que quería;
pájaro efervescente por el día
tuve alas para Dios, pies para el suelo.
No digo que volé, pero fui vuelo
y jilguereó mi barro su alegría.
A cielo y cielo y cielo me perdía,
y a cielo me encontraba: a cielo y cielo.
En noches de San Juan, fui el encendido,
y a llama y sombra custodié la suerte
de tener un hermano en lo querido.
Y no tengo razón para el desvelo,
porque a cielo viví y no habrá muerte
si la muerte no viene a cielo y cielo.
El cielo firme
Orden del libro
En primera persona
En primera persona
Sobre la tierra
Pasos
La rama coronada
El vuelo
Los elegidos
Ya casi flor doméstica
Palabras de vivir
La rama coronada
Te vuelvo a elegir
El cielo firme
El cielo firme
El trino decisivo
El poeta
El ofreciente
El ala y la ceniza
Elegía
Elegía
Las abuelas
La canción
Tantas veces el este
Agua desalhajada
Este lugar
Ya nada en ti
Borges
Epitafio
Cuatro sonetos
Padre
La casa
Para Aparicio
A cielo y cielo